jueves, 19 de noviembre de 2009

15 de noviembre 1922...una semilla de resistencia

¿A dónde van mujeres y hombres, trabajadoras y trabajadores?...¿a dónde van con los puños cerrados de coraje, ondeando las banderas rojas?...a dónde van gritándo consignas salidad de sus sueños colectivos? Son miles de obreros, obreras, resueltos a conquistar sus derechos pisoteados por las élites. Son miles de corazones latiendo al unisono a ritmo de rebeldía, son miles dispuestos a entregar su vida por construir justicia para los suyos.
Los señores de Gobierno oligárquico se han quedado pasmados de ver a la masa compacta, junta, abrazada con los lazos de determinación y coraje, los señores patronos se han aparatado en sus oficinas y palacios, y el silencio ha hecho evidente su preocupación ante los gritos de justicia, ante los rostros forjados por la explotación a la que los han sometido. Saben bien el peligro que representa esta masa de vida y razón, saben que sus tronos están en peligro y saben que no deben ceder ante la presión de los justos, porque sus espejos con brillo pueden caer en pedazos, esos espejos, cuyo brillo oculta el hambre y miseria de quines los han trabajado, esos mismos que reflejan la opulencia parida de la explotación.
Y la masa va con determinación hacia las puertas del gobierno, a gritar su ira, a dejar en las calles los ecos de su lucha. Viven el regocijo de la protesta, van entre gritos construyendo sus sueños y sembrando en la historia un ejemplo, cien ejemplos, millares de ejemplos.
El poder y sus señores han tomado la decisión: muerte a los "bandoleros", "orden" "restituir la normalidad en Guayaquil". Y apuntan los fusiles contra obreros, albañiles, maestras, carpinteros, panaderos, empleadas, cocineras, lavenderas, estibadores, estudiantes, trabajadores, trabajadoras, niños, ancianos.
Fue 15 de noviembre de 1922 el día en que sus voces se apagaron, policía y ejército al servicio de la oligarquía y por orden de su representante mayor el presidente Tamayo, segaron la vida de quines sólo pedían su derecho a vida digna.
Queríendo lavar la sangre derramada, los cadaveres de los mártires fueron arrojados al río, pero no sabían los asesinos que de esa manera no ahogaban el grito de los obreros, no entendieron que muy al contrario ese grito tomó vuelo para siempre ser el ejemplo de lucha continua de los pueblos del Ecuador.

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